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Finanzas Digital

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La hora de los empresarios

enero 25, 2016

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C. La economía no se puede analizar en términos estacionarios. No es cierto que lo que tenía sentido hace cincuenta años siga teniéndolo en la actualidad. Si así fuera estuviésemos preguntándonos por el picó de la casa o la vieja radio de válvulas de audión. Nadie vive de la nostalgia –eso queda para los museos-, y los países que producen más prosperidad son aquellos que producen altas tasas de conocimiento, cambio, innovación y actualización. Los países más avanzados viven lo social como sistemas dinámicos, complejos e interdependientes que se despliegan en un tiempo histórico e  Irreversible. Lo que antes podía parecer estratégico hoy es simplemente obsoleto. Lo que a primera vista debía ser considerado de interés público muy rápidamente fue entregado a las fuerzas que operan en el mercado.

Hay dos tipos de sociedades. Las que creen en el mercado y son prósperas. Y las que no creen en el mercado y terminan siendo miserables. Hay varias razones. La primera de ellas es que sólo el empresario competitivo es capaz de tomas decisiones de riesgo. Únicamente dentro de la lógica del libre mercado los agentes económicos son capaces de tomar decisiones cuyo impacto –bueno o malo- sólo se evidencia luego de un tiempo considerable, en contextos de incertidumbre e interacciones holísticas entre los agentes y las variables agregadas. Toda iniciativa empresarial supone asumir un riesgo que va por cuenta del emprendedor y que luego es retribuida con su margen de ganancia. La utilidad no es mala. Es el indicador del éxito de la empresa.

Cuando opera el mercado con total libertad ocurre una sinergia dinámica por la que el resultado final siempre será más que la suma de las partes. La prosperidad que es producto de las sociedades competitivas siempre será superior a lo meramente económico, así como cuando no hay bienestar la decadencia no es solamente económica. Las sociedades tradicionalistas y misticistas siempre andan extrañando lo que alguna vez pasó. Son las que sienten resentimiento porque los estados grandes ya no están dando resultados. Son las que buscan un culpable porque sus monopolios públicos ya no dan la talla. Los que así piensan no entienden las razones por las que las mismas condiciones, en momentos distintos, no producen los mismos resultados. Eso sin contar con que nunca se vuelven a dar esas mismas condiciones si no es a partir de las falacias y el enmascaramiento de las falsas premisas.

La diferencia entre la prosperidad y la miseria está en dos aspectos que son cruciales. El primero es que hay una dinámica propia del capitalismo en la que los empresarios y sus juntas directivas son  los encargados de modificar constantemente el orden de las cosas. Y lo hacen rápida y constantemente. En su afán por incrementar ganancias, cambian rutinas, y al hacerlo, crean nuevas trayectorias de evolución, para las cuales hay que crear nuevos hábitos y nuevas instituciones. El afán de lucro es el motor de la historia. Las sociedades atrasadas no lo aceptan, reniegan de la rentabilidad y someten a sus ciudadanos a la pobreza más abyecta.

El segundo aspecto es lo que  Schumpeter (1911) llamó “destrucción creativa”, un proceso dinámico que provoca la creación de nuevas empresas y la desaparición de las viejas. El autor consideró que una organización que se rige por parámetros capitalistas nunca deja de moverse. La búsqueda de utilidades y la acumulación de capital conducen a un aumento en el crecimiento. El impulso fundamental que alimenta dicho crecimiento proviene de los nuevos bienes consumibles, los nuevos métodos de producción, los nuevos mercados y las nuevas formas de organización de los individuos. El proceso de cambio es cualitativo, pero también cuantitativo. Prueba de ello es que las viejas industrias constantemente son reducidas en su alcance, e incluso algunas han desaparecido y han dado paso a otras nuevas. Lo que cambia son los tipos de problemas que se consideran relevantes y las formas correctas de solucionarlos. Por eso mismo el resultado no ha sido únicamente una expansión cuantitativa de las organizaciones, sino también un cambio cualitativo en las estructuras, las instituciones y la forma como las sociedades valoran y fundamentan la prosperidad. La calidad de vida y su universalización a todo el género humano no es un invento de los gobiernos sino un rango de posibilidades avaladas por el sistema capitalista que usa el conocimiento para innovar soluciones a los problemas de la gente.

Solo mediante la empresa competitiva se abren posibilidades para responder a viejas preguntas filosóficas. Peter Drucker llegó a intentar una respuesta bien fundada a unas antiguas inquisiciones: ¿Quién se ocupa del bien común? ¿Quién lo define? ¿Quién equilibra las alejadas y muchas veces encontradas metas y valores de las instituciones de la sociedad? ¿Quién toma las decisiones del intercambio y sobre qué base se deben hacer? El feudalismo medieval fue reemplazado por el estado soberano unitario, precisamente porque no pudo contestar estas preguntas. Pero el estado soberano unitario ha sido reemplazado por un nuevo pluralismo, el pluralismo de la función en lugar del poder político, porque podía ni satisfacer las necesidades de la sociedad, ni realizar las tareas necesarias para la comunidad. Es decir, que en el análisis final, la lección fundamental a aprender del fracaso del socialismo, es el fracaso de la creencia del estado que todo lo puede y todo lo engloba. El desafío al que nos enfrentamos es hacer que el pluralismo de las organizaciones autónomas basadas en el conocimiento considere al mismo tiempo el hacer económico y la cohesión política y social.

 

@vjmc






Acerca del autor

Víctor Maldonado C.

Víctor Maldonado C.

Egresado de la Universidad Central de Venezuela como Licenciado en Estudios Políticos y Administrativos. Maestría en Desarrollo Organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello. Además, se desempeña como profesor de Pregrado y Postgrado en la Universidad Católica Andrés Bello. Miembro de la Junta Directiva del Centro para la Divulgación del Conocimiento Económico CEDICE.