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Serenidad

enero 18, 2016

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Me gustaría decir que la serenidad es el resultado de tener capacidad de instrumentar soluciones a los problemas que se presenten. No es un ejercicio de abstracción. Es lo contrario, significa pasar de la preocupación a la ocupación, supone que somos capaces de actuar conforme a nuestras atribuciones, compartiendo responsabilidades y dejando que los demás también hagan su trabajo.

Los buenos directivos hacen y entregan los planes, y los buenos gerentes los ejecutan. Aquí se delinea la primera división de las tareas. Y lo recomendable es que se respeten los flancos. Algunos tendrán que cargar con el peso del pensamiento estratégico y otros deberán ser capaces de transformar esos mandatos generales en productos específicos.

La segunda condición de la serenidad es la sensatez y el compromiso organizacional. Los buenos gerentes solo actúan por interés de la empresa. No usan recursos escasos en proyectos irrealizables. No entran en conflicto si no es absolutamente necesario. Un buen directivo no toma decisiones cuando está furioso, ni un gerente puede actuar sobre la base de sus resentimientos. Porque mientras un directivo enojado puede volver a estar contento, y un hombre con resentimientos puede volver a ser alegrado, una empresa que ha desaparecido no puede volver a existir, así como tampoco es fácil volver a reconstruir los equipos de trabajo cuando se han disuelto. Por esas mismas razones un directivo iluminado es prudente y un buen gerente está advertido contra acciones precipitadas. Cuando eso ocurre la empresa es mantenida segura y son preservados los mejores empleados.

La tercera condición apunta a mantener capacidad de análisis y sentido de realidad. Un buen directivo aprende a distinguir los tipos de escenarios que tiene que afrontar. Los hay accesibles, pero también hay otros que encubren trampas, ambigüedades, estrecheces, quiebras y largos períodos de esfuerzos. Hay diferencias en términos de los riesgos que se asumen, del uso de los recursos y del tiempo que se debe invertir. En cada caso es responsabilidad de directivos y gerentes determinar las cualidades de cada uno de los tipos y las conveniencias e inconveniencias de asumirlos. La clave está en si se cuenta con la fortaleza adecuada para cada circunstancia. Nada se puede dar por descontado, mucho menos el apresto de los equipos de colaboradores. Si para el momento de la decisión los equipos de trabajo están insubordinados, estresados, deprimidos, en desorden o disolviéndose, ninguno de  estos desastres tienen que ver con las dificultades que hay que asumir en relación con el tipo de escenario y si con las competencias dirigenciales de los gerentes cuando no son capaces de prever el nivel de respaldo con el que cuentan. De allí varios corolarios que valdría la pena tener en cuenta: Equipos de trabajo fuertes con gerentes débiles producen indisciplina e insubordinación. Lo contrario provoca estrés. Y cuando los gerentes están enojados o resentidos, pierden visión de conjunto, toman malas decisiones y provocan el colapso de los equipos.

Cuando los directivos y gerentes son moralmente débiles y su disciplina no es estricta, cuando sus instrucciones y enseñanzas no son iluminadas, si no hay reglas consistentes para ejercer su liderazgo, entonces la consecuencia será el desorden y la improductividad. Cuando directivos y gerentes no son previsivos en la estimación de los recursos que necesitan y se muestran incapaces de seleccionar apropiadamente el personal que necesitan la consecuencia será el caos organizacional.

Si un gerente presiona a sus colaboradores pero es incapaz de obtener resultados. Si los ama pero es incapaz de asegurar que sigan sus instrucciones. Si no es posible imponerles disciplina, el resultado es la invalidación de cualquier proyecto. Los equipos serán como niños consentidos y servirán para nada.

Sun Tzu, de quien hemos tomado todas estas recomendaciones, apreciaba la experiencia porque es la única cualidad que nos impide cometer errores de cálculo estratégico y de acción. Cuando se improvisa lo primero que se pierde es la serenidad. Por eso el estratega chino sentencia que la victoria será completa para aquellos que se conocen, conocen sus colaboradores, conocen sus competidores y han analizado apropiadamente el escenario y el momento más adecuado para actuar.

 

@vjmc






Acerca del autor

Víctor Maldonado C.

Víctor Maldonado C.

Egresado de la Universidad Central de Venezuela como Licenciado en Estudios Políticos y Administrativos. Maestría en Desarrollo Organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello. Además, se desempeña como profesor de Pregrado y Postgrado en la Universidad Católica Andrés Bello. Miembro de la Junta Directiva del Centro para la Divulgación del Conocimiento Económico CEDICE.