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Claves del éxito a pesar del caos

por Víctor Maldonado C.
Victor-Maldonado

VictorMaldonadoVíctor Maldonado.- Caminando por los senderos del Ávila me conseguí un viejo sabio. Como siempre la conversación derivó en las dificultades del momento. Al diálogo se sumó una muchacha, más joven, pero también más preocupada. “Mientras más lo pienso -decía ella- más ganas tengo de irme”. Los tres nos conseguimos en esa mirada que implora un transcurso no se transforme en ausencias agregadas. El viejo rompió ese silencio mágico para decir que “todos tenemos razones para quedarnos y muchas ganas de salir corriendo… pero nadie escapa a su destino. Por eso acepta como regalo estos consejos que te voy a dar”.

Desde ese momento y hasta el final de la jornada el camino se hizo un decálogo de buenas exhortaciones. No evadas la realidad ni actúes frenéticamente, a ciegas, solamente pensando en la supuesta conveniencia del momento. No dejes nunca de mirar hacia adelante. No te conformes con las mentiras que te quieran decir los demás. No aceptes su conmiseración.

Reconoce cada situación que te toque vivir. Aprende a revisar sus premisas. Pregúntate por los por qué de las cosas que te están ocurriendo. En cada momento haz un inventario de los activos y los pasivos que cada uno de ellos oculta. Desde allí comienza a reedificar.

Tus verdaderos enemigos son la apatía, el cinismo, la falta de compromiso, la evasión y la actitud cortesana que a veces se adopta frente a los que no tienen derecho a llamarse líderes.

No dilapides tus recursos para que nunca caigas en la bancarrota. Cuida tu solvencia, vigila tu reputación y no hagas nada que pueda dañar tu autoestima. La peor de todas las ruinas posibles es la destrucción moral que es equivalente al vacío de proyectos de largo plazo.

Es fácil comenzar a odiar a otros y a odiarse a sí mismo. Los tiempos difíciles exigen redoblar los esfuerzos para aglutinar valores esenciales, preservar la autoestima y mantener el espíritu de lucha para defender ideas morales con confianza plena y segura. La alegría es la actitud más recomendable en épocas de oscuridad.

Cultiva constantemente tu intelecto. Solamente la razón te dará la oportunidad de tomar buenas decisiones. Una vida sin abundancia intelectual es similar a la falta de sentido de un cuerpo sin cabeza. Tu fortaleza vital será un saldo de resultados. Usa tu mente como la mejor y más disponible herramienta del conocimiento. Tu éxito siempre dependerá de tu capacidad para inventar soluciones a los problemas que enfrentes.

La razón y la realidad deben ser los únicos árbitros para el ejercicio pleno de tu libertad de realización. Ni sensaciones ni percepciones son capaces de superar el análisis sereno de lo que está ocurriendo. Aprende a observar los acontecimientos para evaluar sus significados. Solamente así podrás sacar buenas conclusiones.

Haz de la honradez intelectual un hábito. En todo lo que te propongas sé eficiente, confiable, precisa y fructuosa.

La culpa y el miedo son los desintegradores más eficientes de la consciencia del ser humano. Ambas te doblegan y te someten a la servidumbre del que no quiere mirar, no se atreve a juzgar y del que nunca está seguro de tener la razón. Si nunca estas seguro de algo. Si no mantienes convicciones firmes. Si estás siempre dispuesto a ceder ante los demás, cualquiera se impondrá sobre ti hasta anularte.

Practica una moralidad fundada en el interés personal racional, con sus consecuencias en términos de libertad, justicia, progreso y felicidad. Recuerda siempre que las emociones no son herramientas del conocimiento. Y que ningún hombre tiene el derecho de iniciar el uso de la fuerza física contra otros. Por lo tanto, repudia siempre las explicaciones supersticiosas tanto como los hechos de fuerza que son propios de los excesos autoritarios. Recuerda que cada uno tiene a su cargo las razones por las cuales vale la pena vivir. Nadie te las puede imponer.

Recuerda que el éxito de la vida, aun en circunstancias caóticas, depende de las respuestas que des a tres preguntas: ¿Quién soy yo? ¿Qué pienso yo? ¿Qué deseo yo? Siempre en primera persona.

Comenzaba a caer la tarde y en uno de los cruces del camino el viejo se despidió. Al verlo alejarse la muchacha se dio cuenta que no sabía su nombre. ¿Cómo te llamas viejo? El hombre volteó un instante, sonrió y dijo: “John Galt es mi nombre”.

 

victormaldonadoc@gmail.com

 

@vjmc

 

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