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Ética a finales del 2018

octubre 1, 2018

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- No debe ser fácil. Mis alumnos del quinto año de relaciones industriales se encuentran al filo de un abismo lleno de incertidumbres. Muchos de ellos no saben qué hacer con su vida, con un título universitario y con su país. A ellos les ha tocado en suerte una Venezuela que se ha vuelto atonal, sin cursos claros de acción, y con una porción de su dirigencia comandando la entrega a través de diversas modalidades de colaboración con el régimen. Para los jóvenes venezolanos el mensaje que reciben está muy claro: si de lo que se trata es de cohonestar una forma de vida en el que no hay ni libertad ni futuro, entonces la única opción es irse del país. Para ellos que toda la vida ha transcurrido en esta tiranía in crescendo, las experiencias marcadoras han sido la persecución y el acorralamiento. Una vida de encierro en la que sus héroes han perdido la vida, están presos o han tenido que irse del país, cuando no han caído en el nihilismo más pueril, jugando a la alucinación o a la desbandada. No se puede vivir un país ni una vida esperando, descontando los días que faltan para la liberación, pretendiendo que el aquí y el ahora son interregnos que hay que tramitar, de ninguna manera experimentar, que lo que están esperando es escuchar la señal de partida, cuando estén apostillados todos los documentos, para lanzarse a una nueva aventura, tan desconocida y abisal como cualquier otra oportunidad vital, solo que tan masiva como para arrebatarle al país su sangre nueva, su oportunidad de redimirse, y su razón para seguir luchando. Porque, ¿qué otra cosa es el futuro de un país sino sus jóvenes?

Los jóvenes huyen del país porque no confían ni en el régimen ni en una oposición colaboracionista cuya mejor promesa es cohonestar una forma de vivir llena de interrogantes y muy escasa de certezas. No hay confianza social en un régimen que ha destrozado el acervo institucional del país, dejando a los ciudadanos carentes de la mínima racionalidad para anticipar la conducta social. En eso consiste el caos totalitario, en que todo depende de la arbitrariedad del que tiene el poder. Nada es predecible, ni la economía, ni la política, ni el curso de los acontecimientos. Y nadie quiere vivir aferrado a un presente tan oneroso, tan rudo, si tiene la oportunidad, aunque sea mínima, para la evasión. Pero estemos claros, es una ruptura total con los sueños que hasta ahora hemos soñado.

Ahora bien, no toda la oposición está enclavada en el flanco del entreguismo. Ni se puede dar a todo el país por perdido. Hay otra narrativa, otras épicas y otros mensajes. La ética se ocupa precisamente de la calidad de las decisiones que se toman, de los puntos de vista que se asumen, de la forma como se resuelven los dilemas. Se refiere al coraje con el que se defiende lo que se asume como valioso, y el arrojo con el que contribuyes a que la realidad cambie. ¿Cuál es tu aporte? Nadie puede evadir esa pregunta. Nadie está exento.

Kira Argounova, protagonista de la novela “Los que vivimos” de Ayn Rand, habiendo vivido la atrocidad del totalitarismo soviético, indefensa como estaba ante el poder aplastante del comunismo, grita de repente que ella ha nacido para vivir, que es algo más que comer, respirar o trabajar para ganar un sustento. Que vivir es saber lo que se quiere, y cómo se quiere obtener, sin que haya un guión preestablecido, sin que nadie se entrometa, sin que otro te encasille hasta dejarte sin opciones. Pues bien. Eso es precisamente lo que reflejan las miradas perdidas de nuestros jóvenes. No quieren ser animales que comen porque luchan por una ración. No quieren que otros decidan por ellos lo que deben decir, lo que pueden comer, incluso lo que hay que pensar. Quieren libertad para construir su propio proyecto de vida. Quieren tener el derecho a equivocarse sin tener miedo. Ese miedo panóptico que te acorrala porque te exige preguntarte primero si el régimen estará de acuerdo o si se sentirá ofendido por lo que tú dices o haces.

Al final la ética no puede deslastrarse de la grandeza. Nuestros jóvenes huyen porque no se sienten representados en ese duopolio de la connivencia en la que el régimen y la oposición que ha domesticado reafirman constantemente que no hay otra salida. No se participa de la grandeza de los otros. Cada uno tiene que erguirse. Que muchos otros no hayan estado a la altura no quiere decir que los demás estemos condenados a rastrear el suelo. Pero hay otra oposición y otro mensaje: Resistir hasta que ocurra un quiebre. Resistir activamente para que las condiciones de la realidad colapsen. Ayn Rand de nuevo viene a nuestra ayuda.

En el primer párrafo de su ensayo “El nuevo intelectual” ella plantea la solución al dilema de la evasión. Efectivamente estamos en momentos de bancarrota. El socialismo del siglo XXI es insostenible. Por donde se le mire es insoportable. No tiene una sola arista que permita apostarle a que dure demasiado tiempo. Pero aquí se asoma un peligro peculiar en el papel de los desesperanzadores de oficio. Son los que dicen que el régimen es imbatible, que el régimen cubano tiene más de cincuenta años en esa misma condición y allí sigue, que hay detrás de todo esto una trama estratégica que no logramos deducir, pero que nos mantiene en los confines de la derrota, y que todo lo que hay que hacer es tan complicado que ni en treinta años recuperaremos el sendero a la prosperidad. Claro que nuestros jóvenes vuelven a desanimarse. Ellos, que son nuestro futuro, deciden, con la información que tienen a mano, que no pueden perder más tiempo. Esas son las consecuencias de la desesperanza aprendida. El régimen se solaza porque nos quiere vencidos por anticipado. Sabe que la desbandada le deja el territorio baldío para seguir destruyendo.

Otra oposición dice lo contrario. Ayn Rand dice que son los menos fuertes los que evaden la realidad, actúan frenéticamente, pero a ciegas, creen que siguen la conveniencia del momento, pero no tienen el arrojo de mirar hacia adelante. Se tapan los oídos para no escuchar la verdad, y esperan contra toda esperanza que ocurra algo que los salve. Los menos fuertes asumen el futuro como un abismo al cual se lanzan, con los dedos cruzados, esperando que sea la suerte la que los favorezca.

Otra oposición no apuesta a la desbandada. Oposición quiere decir oponerse. Implica contraste, contrariar y descalificar. Hacer oposición es participar de la acción. No se hace desde el vacío que se deja. Se practica desde el reconocimiento de la situación, la revisión de las premisas, el descubrimiento y ordenación de los activos ocultos, y sobre todas las cosas, con plena disposición a reedificar. Se hace oposición precisamente porque sabemos que los jóvenes, que son el futuro, paradójicamente no tienen tiempo que perder para comenzar a reedificar. María Corina Machado anda en esa lucha. No anda sola.

La oposición es fuerza sobre la realidad. Los datos dicen que el régimen se desmorona. Su legitimidad es nula. Sus resultados son oprobiosos. El país se está derrumbando, y ellos están más que señalados como lo que son: una tiranía que es producto de la confluencia del mal. Tienen pocos aliados, y los que le quedan están perdiendo incentivos para seguir alineados. Los mercados se han vuelto sus perseguidores más pertinaces, y es incontrolable el escándalo por la violación sistemática de los derechos humanos. La realidad es nuestra fuerza.

 

@vjmc

 



Acerca del autor

Víctor Maldonado C.

Víctor Maldonado C.

Egresado de la Universidad Central de Venezuela como Licenciado en Estudios Políticos y Administrativos. Maestría en Desarrollo Organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello. Además, se desempeña como profesor de Pregrado y Postgrado en la Universidad Católica Andrés Bello. Miembro de la Junta Directiva del Centro para la Divulgación del Conocimiento Económico CEDICE.

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