¿Por qué las regulaciones nunca funcionan?

Daniel-Lahoud

Daniel Lahoud.- La escena de Cristiano Ronaldo impactó mucho la semana anterior, incluso se construyó toda una mitología sobre la pérdida de la empresa Coca Cola producto del gesto del jugador portugués. De la misma manera, si uno toma un libro de historia económica, quien redacta los hechos de la crisis del 1929 habla de una “quiebra generalizada”. Todo ese dramatismo, pero visto desde otro enfoque se refleja en el famoso “Cuento de Navidad” de Dickens, quien mucho antes, en medio de la siempre mal llamada “revolución industrial” muestra la avaricia de Scrooge, que simboliza de una manera sin igual al “capitalista sin corazón,” un poco al que Keynes llama: el “monstruo legendario.”

Probablemente quienes leen este artículo, son empresarios, algunos presionados por la fuerza de un país en el cual sus gobiernos han contribuido a destruir muchas formas de producción de la riqueza, con políticas de control y de exceso impositivo. Como empresarios, han adaptado sus comportamientos para evitar los controles que inventan los gobernantes, entre otras pasando a ser cada vez menos formales. Ese es el espíritu que se trasluce en la divergencia de los medios de pago, y la dolarización espontánea.

Mi inquietud, no se si serán dilucidadas algún día, porque quisiera saber si los políticos aprenderán lo inútiles que son sus controles, que lo único que provocan es desempleo, pobreza y miseria. Si aprenderán que algunos empresarios pueden ser avaros, pero lo son igual que todos los demás, y que esa avaricia, se ve domesticada por los mismos compradores, que, aunque hay quien se atreve a llamarlos “irracionales” casi siempre actúan con una profunda racionalidad. Racionalidad que al final provoca mejores resultados que cualquier control.

Estos controles parten de una visión errada del empresario. Nuestros gobernantes, ven a los empresarios como si todos fueran Scrooge quien tiene dinero en “exceso” y que debe ser expropiado, primero con impuestos y contribuciones, y luego con la expropiación física de su actividad. Piensan que si destruyen esa riqueza, el resto queda impoluto, creen que si se acaba con los empresarios, los pobres dejan de serlo. La creencia en esa falsa religión que es el marxismo, es una mueca terrible, que lo único que provocó en cada ocasión en la que se ejecutó, fue la destrucción de la riqueza y conducir a la miseria a los pobres creyentes, que aceptan dogmáticamente sus premisas, y al final provoca la más injusta distribución de la riqueza.

Pero cuando la bolsa se cae como en 1929, todos convierten a Ebenezer Scrooge de manera instantánea en el empobrecido Bob Cratchit. Resulta que todos somos al mismo tiempo Scrooge y Cratchit. Participamos de una misma humanidad, que tampoco Dickens entendió por culpa de sus propios prejuicios. Hay personas que inteligentemente colocan sus ahorros en la bolsa y esperan lentamente su retorno en el largo plazo. Pocos son los que obtienen riqueza en el corto plazo. Porque la bolsa no es el garito que algunos reseñan, los que lo ven así, son quienes pierden dinero. Las pérdidas de los malos inversionistas, no perjudica a la sociedad. Las empresas tampoco pierden nada, ganan en renombre y conocimiento. Los verdaderos inversionistas, pierden momentáneamente, pero el tiempo al final se impone y vuelven a ver sus ganancias patrimoniales, con la paciencia y la tenacidad que poseen los verdaderos inversionistas, quienes son al mismo tiempo ahorradores y especuladores en el único sentido que tiene esa palabra, que es imaginar el futuro. Siempre Scrooge y Cratchit son una misma persona, mientras que la bolsa es una muestra pequeñísima del universo que representa, la economía del país, al mismo tiempo es la fuente de la cual se aprende de sus prácticas y costumbres. Los mercados en general, tratan de emular a las bolsas, y mientras más se parece un mercado cualquiera a una bolsa, más se aproxima a esa perfección que para cualquier humano resulta imposible. La bolsa es el único mercado que tiene visos de perfección.

Como diría Borges en las Otras Inquisiciones, y lo cito para exorcizar esas ideas contra natura de la pluma de Dickens y sus espíritus: “el más urgente de los problemas de nuestra época es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo”, gobierno, quienes algunos llaman estado, él es quien actúa como destructor del futuro, y por tanto de las riquezas. Ahí radica el peligro de gobiernos paquidérmicos como el que surgió de las reformas de los 70, que tampoco se corrigió con la crisis de los 80, ni con los “seudo paquetes” de los 90. Hoy somos testigos del drama de uno de los países que, sin ser comunista, se acercó a la estructura de un país de esa ideología, con empresas estatales, burocracias inútiles y agigantadas. Se requiere de un verdadero vuelco, de la valentía de quienes deben reconocer el fracaso, recoger los escombros y construir el futuro, como lo hizo la Alemania de 1949. Reconstruir no significa volver al pasado, reconstruir significa no olvidar el pasado y mirar al futuro desde el presente. 

@daniellahoud

Acerca del Autor

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Puede continuar si esta de acuerdo, pero puede optar por no participar si lo desea. Acepto Leer más

Privacidad & Política de Cookies